Observando y reflexionando en torno a las nuevas prácticas culturales con las imágenes. Un texto de 2017

Dónde está la MonaLisa low


Bernardo Riego (2017) El nuevo espectador digital usa los iconos culturales para representar su ego personal. Escena ante la Mona Lisa de Leonardo da Vinci en el Louvre

Nunca me he sentido un historiador de las imágenes que mira solo al pasado, también me interesa lo que ocurre en el presente y cómo hemos llegado hasta aquí; qué ha ocurrido para que aparezcan nuevas prácticas culturales y se instalen de un modo tan rápido en la sociedad. En ese sentido las imágenes, los modos de contemplarlas, producirlas y usarlas son un permanente objeto de mi atención  en cualquiera de las etapas de la contemporaneidad. Hace unos pocos años que estoy embarcado en una ambiciosa investigación en la que intento analizar como surgió el espectador de la modernidad, que un buen día comenzó a visitar las barracas cinematográficas y a entretenerse y fascinarse con el caos visual de las primeras exhibiciones de la entonces denominada fotografía en movimiento, en un momento en el que las revistas gráficas o magazines, estaban insertando imágenes fotográficas de gran tamaño gracias a las nuevas posibilidades del fotograbado que, por primera vez en la historia de las imágenes permitía que circulasen miles y miles de ellas en el papel impreso con la apariencia tonal de las imágenes fotográficas. Para desesperación de la alta cultura que veía con malos ojos (¡Qué acertado el eufemismo!) que aumentase el espacio para contemplar y se redujese el espacio para leer en las publicaciones periódicas, al mismo tiempo que la tarjeta postal ilustrada, los carteles y otros productos gráficos aumentaban su presencia social y generaban nuevas prácticas y costumbres en un tiempo, el de la sociedad de las masas, para el que las imágenes de modo inexorable comenzaban a configurar una iconosfera cada vez más y más densa.

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En los tiempos de intensos cambios culturales como el actual, persisten viejas prácticas que aunque están en desuso siguen teniendo su vigencia. Vendedor de postales de Roma ante la cola de los Museos Vaticanos. (Foto Bernardo Riego. 2015)

Tengo el privilegio generacional de haber asistido a la llegada de la sociedad digital, desde sus balbuceos en la microinformática de la década de los años ochenta hasta la influencia que ahora tiene en las formas de entender la realidad. En otro lugar he contado lo que ocurría en los ámbitos fotográficos cuando en la década de los años noventa se hablaba de la imagen digital, todo el mundo se ponía algo nervioso y lo veía como algo lejano. En 1993, en la Universidad de Cantabria monté los primeros cursos de fotografía digital con los medios que existían en aquellos años,  cuando almacenar en un disco ZIP de 100 megabytes, nos parecía alta tecnología.  Cuando nos quisimos dar cuenta, la imagen digital había convertido en arqueología a las imágenes de base fotoquímica. Un día, allá por el año 2003, estaba tomando un café en un bar y escuché a dos barrenderos que se contaban el uno al otro como se podían convertir imágenes digitales a otros formatos, reducirlas de tamaño y pasarlas por Internet, y en ese momento entendí que la imagen digital se había socializado ya con mucha profundidad, y hoy, cuando tomo fotografías en mis viajes a las personas que tienen naturalizadas las nuevas prácticas culturales con los dispositivos móviles, con los selfmedia, de los que hablaba Patrice Flichy, constato que ha surgido un nuevo espectador que ya no mira a la realidad sino que la captura, que los objetos culturales sirven ahora como fondo de un narcisismo que las nuevas tecnologías de la imagen amplifican por las propiedades de densidad, accesibilidad, interacción, amorfia, ubicuidad y así hasta diez características, que poseen los objetos digitales y que tan acertadamente definió mi maestro Antonio Rodríguez de las Heras hace ya unos cuantos años, y que, como ocurrió en la sociedad de las masas, en ésta nueva sociedad-red, por usar ahora el preciso término que difundió Manuel Castells, las imágenes que hacen las personas establecen otros diálogos y relaciones con la sociedad. Existe un tema que siempre me ha apasionado y son esos momentos en los que están conviviendo antiguas concepciones de la representación visual con las nuevas posibilidades tecnológicas de crear las imágenes. En el año 2013, en un encuentro que hicimos en el Instituto de Cultura y  Tecnología “Miguel de Unamuno” de la Universidad Carlos III de Madrid, me inventé un palabro que tengo un poco en cuarentena: los fenómenos de borde, que ocurrieron en el transito de la imagen medieval a la construcción de las escenas en perspectiva, en la sociedad de las masas con las posiblidades del fotograbado y en la llegada de la imagen digital, cuando todavía no habían aparecido las prácticas actuales con los móviles y otros dispositivos de captura de imágenes pero se estaba buscando una narrativa digital.  Ofrezco aquí las pantallas de aquel seminario de la que fue anfitriona Beatriz de las Heras, una excelente historiadora de las imágenes que ejerce su brillante magisterio en esa universidad y que, de tanto, en tanto nos convoca a una serie de especialistas para trabajar en torno a los múltiples significados históricos, culturales y sociales de las imágenes en sus diversas tecnologías contemporáneas.

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(Foto: Bernardo Riego) El dilema de mirar y comprender  o simplemente capturar en una imagen tomada en el British Museum en 2013

En el año 2016, Mario Crespo, un autor santanderino, gran dinamizador, buen amigo y colega en la Universidad de Cantabria,  con esa mentalidad inquieta y abierta que siempre le caracteriza, comenzó a editar una revista con recursos propios a la que tituló  “Leña al Mono” y me pidió una colaboración, algo que no llegó hasta finales de 2017 porque mi agenda no me lo permitió. En esa revista publiqué unas breves reflexiones sobre las nuevas prácticas culturales con  los nuevos dispositivos y algo que creo que hay que dejar constancia desde la perspectiva del historiador, y es que algunas de los fenómenos culturales a los que estamos asistiendo, han tenido antecedentes, que aunque lo parezcan y así lo repite la industria digital, no son consecuencias exclusivas de las tecnologías actuales, pongo en el texto algunos pocos ejemplos. Ofrezco aquí las versiones publicadas en la revista y el Pre-Print, en ambos el texto es el mismo pero la maquetación cambia. Este texto es un reflejo de mis preocupaciones por dotar a la historia de las imágenes de una visión de continuidad frente a las tendencias rupturistas que se creen que todo lo ha traído la imagen digital, que, ciertamente, ha cambiado muchas prácticas y concepciones y lo seguirá haciendo en el futuro.

Las nuevas prácticas culturales con las imágenes digitales y el recorrido de su arqueología histórica.  Versión de la revista “Leña al Mono”

Versión Pre-Print del texto publicado en “Leña al Mono”

Fenómenos de Borde. Pantallas de la Conferencia (2013)

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Recuerdos y experiencias de viajes en 72 fondos de pantalla. Imágenes para comenzar el nuevo año 2017

La conciencia de que la Fotografía, además de un potente sistema cultural de la memoria, era un instrumento para reflejar sentimientos y estados de ánimo viene de la etapa de la modernidad, una época que, de modo convencional, podemos ubicar en torno al nuevo siglo XX, cuando aparece la instantaneidad en las imágenes, cuando surgen los aficionados y cuando la industria fotográfica ofrece sus productos estandarizados a un colectivo que utiliza las imágenes fotográficas de modos muy diversos y extensos respecto al pasado, en un momento en el que también se experimenta con la visión, el punto de vista, los resultados en el laboratorio, etc., etc., porque se está configurando la nueva cultura del  espectador moderno.

Hoy algunos de los que amamos la diversidad cultural que ha generado la Fotografía, tenemos la sensación de transitar un paisaje que a pesar de la opulencia de los dispositivos digitales y de los sugerentes retos de la posmodernidad, los usos colectivos son básicamente monótonos y están colonizados por los selfies, los manequin chalenge, y los saltos ante la cámara en la pose, que han sustituido al hallazgo de experiencias visuales a través de la práctica fotográfica, a que la cámara más que un certificado de presencia con unos estilemas cada vez más y más rutinarios , sea una libreta visual de apuntes, un juego personal de miradas que permita usos y significaciones un tanto diferentes pero sobre todo personales.

Siempre he llevado en el bolsillo una cámara fotográfica para tomar apuntes de aspectos de la realidad que me interesaban. En la época fotoquímica tenía una Minox de 35 milímetros siempre cargada y que me acompañaba a todos los sitios. Ahora. como tantos, dispongo de una potente cámara en mi dispositivo móvil de telecomunicaciones  y una pequeña cámara digital, dos selfmedia -por usar el interesante concepto de Patrice Flichy,  que uso, en primer lugar como memoria de los sitios a los que viajo, siguiendo las convenciones que tan bien explicó Pierre Bordieu en Un Art Moyen, un instrumento que me sirve para observar y captar las nuevas prácticas con la Fotografía del espectador digital, y un divertimento para elaborar posibles fondos de pantalla para el ordenador, una utilidad que justifica mi interés visual, y que la expreso captando fragmentos de la realidad en los diferentes lugares a los que viajo. Esos son los que ofrezco hoy en la bitácora en una selección de 72 imágenes que pueden servir cómo salvapantallas pero que cada uno de ellos constituye un juego personal y sin pretensiones artísticas de abordar experiencias visuales y sensaciones a través de la práctica digital, más allá de las rutinas implementadas por las industrias culturales y repetidas de modo anodino por millones de turistas en todo el mundo.

Ofrezco una colección comprimida en ZIP, en formato HD de 1980 por 1020 píxeles, son fotografías realizadas por mí en diversos lugares, están libres de derechos para su uso, y se pueden descargar en dos versiones: Un paquete de 72 imágenes que en sus metadatos ofrecen información del lugar donde fueron tomadas y también un salvapantallas para el sistema operativo Windows donde pasan automáticamente de modo aleatorio esas 72 imágenes. El salvapantallas lleva un tutorial elaborado que muestra como se hace su instalación en el ordenador (aunque en la red hay miles de tutoriales que lo explican). Quienes usen Mac tal vez con aplicaciones como Crossover puedan convertir ese salvapantallas en movimiento para su uso en la plataforma de la manzana, de todos modos las imágenes sueltas, si así se desea, pueden usarse sin dificultades para fondos con ese sistema operativo con el que yo no trabajo. En la década de los ochenta, caí en zona PC y me he mantenido fiel desde entonces a esos casuales orígenes tecnológicos.

72 fondos de pantalla con fotografías de Bernardo Riego  (Pulsar para descargar)

Salvapantallas para Windows y Tutorial de Instalación   (Pulsar para descargar)

Muestro aquí algunas de esas imágenes creadas por mí para fondos de pantalla y que ahora ofrezco, en el comienzo del año nuevo, antes de subir a la bitácora otros textos que he ido publicando en el pasado. Además de un regalo navideño y personal a mis seguidores, deseo también que sea un homenaje a John Berger, un autor que tanto nos enseñó a desentrañar los misterios de la mirada.